Dos décadas en tiempo y
contando. Siempre percibiendo que el
tiempo me rinde aunque comience a obscurecer.
Mujer con las medidas
exactas en la sonrisa y el ánimo. De lienzo delicado ante la aguja de los
nervios. Miope pero curiosamente observadora.
El latido de dos
vertientes totalmente opuestas, ahora
divididas; me dirijo al océano, me he despegado de sus mares.
Risueña por las mañana,
creativa por las tardes, ocurrente en
las noches, una tumba en la madrugada, y
sutil todo el santo día.
La fe que se derramó en mi
existencia; costumbres y hábitos que me regaló la jocunda infancia y mi
equilibrada adolescencia.
El descontrol llegó con el
cambio y el cambio causó la locura. He aprendido a equivocarme sin pensar en la
soledad. Comprendo que el amor es mucho y me toca repartir las rebanadas del
pastel.
Una película con un millón
de canciones, fotografías y actores, la principal actriz que a veces se siente
doble.
Los cuerdos que disfrutan y
no pregunta, también, los locos que aprecian y todo cuestionan.
El blanco turbio de mis
pensamientos; el inicio del color sin llegar a la opacidad de lo turbio, pero
también esa parte de indecisión de mis ideas, el contraste imperfecto de
experiencias.
La que se puso de cabeza
para estar en sintonía con el mundo, aunque se le resbale una que otra regla.
María Fernanda Méndez A.