Como cada noche,
en las alas de mi obscuridad;
mi refugio es el cuarto del balcón.
Duermo y sollozo ahí,
el aroma de las rosas del amado
embriagan mi paz.
A lo cerca, un mariachi;
una melodía que interrumpe
mi insomnio y me hace cantar.
Elevado por la curiosidad,
mi cuerpo se desliza hacia el balcón
y observa atónito una serenata.
Pero es cualquier cantar, es cualquier tocar,
porque en esta
noche, aquí… una serenata sin luna.
La luna no está, ya no mas,
no desde aquella noche que
José Alfredo le cantó al oído y se enamoró.
¡Se lo llevó! ¡La luna se ha llevado al gran Jiménez!
Ahora ninguna
serenata sabe a él.
¡Se fueron! Tal vez ya no regresen nunca;
no importa
porque se fueron juntitos los dos de la
mano de Dios.
María Fernanda Méndez Aguayo
que lindo! Saludos!
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